Maravillas del Tíbet

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lunes, 22 de febrero de 2010

La resistencia de Loïc Le Ribault. 1ª parte.

La creación de un tratamiento para la artritis y la persecución de su autor, el científico forense más importante del Estado francés.

Martin J. Walker.

Martin J. Walker.
Escritor e investigador.

Traducción: Viviana Diogo.

«Continuaré distribuyendo OS5 a pesar de la oposición. Lo hago por todos esos pacientes a los que he tenido la oportunidad y el honor de cuidar, aquellos que fueron abandonados por la medicina moderna, que no fue capaz de curarlos, o los que encontraron que los tratamientos ortodoxos eran peores que la propia enfermedad».

Loïc Le Ribault, el más renombrado científico forense del Estado francés1 y especialista en el estudio del sílice, centro de atención en las reuniones de la comunidad en los sombríos alrededores del pub Flying Fish en el puerto de St. Helier en la isla de Jersey. Con un encogimiento de hombros y un inglés vacilante, cuenta cómo el pub ha llegado a convertirse en su hogar y su oficina.

Conoce a casi todo el mundo en el bar, y también a los conductores de autobús, a los tenderos locales y a muchos de los dueños de los barcos que hay en el puerto. Los conoce, dice, «porque los he tratado de esta enfermedad y de esta otra… A muchos lo he curado con OS5».

Así, sentado en el pub, bebiendo cerveza y fumando un Gauloise de tanto en tanto, Le Ribault no parece un hombre que haya sido perseguido hasta verse obligado a abandonar su país, por haber descubierto y distribuido un tratamiento para la artritis y otros trastornos comunes.

En 1985, mientras trabajaba como científico forense independiente para la judicatura francesa. Le Ribault formó equipo con un químico investigador muy aclamado, el profesor Norbert Duffaut de la Universidad de Burdeos. A partir de ese momento, querían desarrollar juntos su trabajo con el sílice orgánico, una sustancia que creían tenía un amplio espectro de utilidades terapéuticas.

Tras doce años de trabajo en común, y quizás como consecuencia de su trabajo en la nueva terapia, Duffaut había muerto envenenado en extrañas circunstancias, y Le Ribault había sufrido dos meses de reclusión en una celda de aislamiento francesa.

Actualmente, Le Ribault está solo, forzado a permanecer en Jersey, un extrangero apátrida, huido de la policía francesa. Su vida se ha convertido en una aventura desesperada; es el precio que Le Ribault está pagando por pelearse con la ortodoxia científica, los profesionales de la medicina y el gobierno francés.

Loïc Le Ribault es el típico francés por excelencia. Es flemático y cuando no está riendo suavemente y con auto-desaprobación, su cara elástica se desinfla con la tristeza y el hastío de un payaso de circo. Su ropa informal y ya raída, su pelo que semeja alas blancas de algodón flotando entorno a la bóveda calva de su cabeza, su falta de fluidez en el inglés (por la que constantemente se está disculpando), le confieren el aspecto de un sabio despistado. Al escucharle tiene uno que recordarse constantemente que en los últimos cinco años este hombre lo ha perdido todo, excepto la cabeza.

Una joven promesa.

Hace treinta años, cuando todavía tenía veintitantos, Loïc Le Ribault era un joven y precoz académico al que la Academia de Ciencias francesa publicaba artículos innovadores. En 1971, a los 24 años, descubrió una nueva función del microscopio electrónico (ME) que le permitió dilucidar la historia de los granos de arena.

Anteriormente, el ME, capaz por entoces de ampliar las cosas 30.000 veces, se había utilizado en biología y medicina. Nadie había imaginado que se podía utilizar para estudiar las rocas. Bajo el microscopio electrónico, Le Ribault descubrió que podía discernir la historia completa de un grano de arena; dónde y cuándo se había originado, cómo había sido transportado, dónde se había alojado después y por cuánto tiempo había permanecido en ese lugar. Al término de su investigación había confeccionado una lista de doscientos criterios por medio de los cuales se podía averiguar la historia de la arena. Más tarde, este campo se especializaría hasta tal punto que llevaría tres años formar a un científico en el conocimiento técnico para llevar a cabo estos tests2.

El método de análisis e identificación de la arena de Le Ribault tenía ciertas utilidades académicas y comerciales, pero sobre todo tenía un valor incalculable para la policía. Cuando aún estaba trabajando en la universidad fue abordado por el FBI y se convirtió en su asesor forense.

A pesar de su temprano descubrimiento de un nuevo uso para el ME, a Le Ribault le resultó difícil encontrar trabajo en las universidades tras su licenciatura en 1982. Como consecuencia, Ribault estableció su propio laboratorio nacional de microscopia electrónica, al que llamó CARME, y rápidamente se convirtió en el científico forense más notable del Estado francés. CARME se convirtió en el laboratorio más utilizado por el servicio de policía, la judicatura y el Ministerio del Interior franceses.

Le Ribault es el primero en admitir que no es un diplomático, e incluso que es un anarquista en su visión de la sociedad. Sus luchas constantes con el Ministerio del Interior, según parece por la hegemonía, no le granjeó las simpatías del Estado. En los mejores días de CARME, Le Ribault era una figura importante a nivel estatal, muy conocido por el público; trabajaba y discutía los casos criminales, militares y políticos más interesantes del Estado francés. Siempre un populista, era requerido constantemente por la televisión, la radio, los periódicos y también los partidos políticos franceses. «Cuando tenía el laboratorio CARME, todas las semanas salían artículos míos en prensa y TV; a través de estos medios conferencias en escuelas primarias y secundarias, y también en universidades. Todos los partidos franceses me pedían que colaborase con ellos».

A pesar de su brillante currículum como experto, el Ministerio del Interior y el cuerpo de policía franceses recelaban del genio desdeñoso de Le Ribault, así como de su control tácito de la medicina forense en el Ministerio del Interior. Afirma que el Estado francés a menudo se refería a él como su científico y a su laboratorio como el laboratorio del Ministerio del Interior.

La carrera de Le Ribault como el científico forense más eminente del Estado francés llegó a su fin de forma súbita en 1991, cuando el Ministerio del Interior decidió integrar sus propios laboratorios forenses regionales equipados con microscopios electrónicos. En la siguiente debacle, Le Ribault perdió su laboratorio, que daba empleo a más de treinta personas, y su hogar, que había hipotecado como garantía para su laboratorio.

De carácter resistente, Le Ribault se adaptó a su nueva vida, se fue a vivir a la casa de sus padres y volvió a su antiguo amor, el sílice. En 1972, mientras trabajaba con arena en el ME hizo un interesante descubrimiento: una capa de sílice amorfo soluble en agua que contenía microorganismos cubría la superficie de algunos de los granos de arena. Descubrió que estos microorganismos y las secreciones que dejaban en la arena contenían sílice orgánico. El sílice orgánico difiere del sílice mineral, que está presente en casi toda la corteza terrestre, en que aquel contiene carbono y es asimilado fácilmente por los animales.

En 1975, Le Ribault había creado un proceso por medio del cual se podían recuperar estos depósitos de la superficie de la arena. Este trabajo fue aceptado en su totalidad por la ortodoxia científica y sus informes fueron publicados por la Academia de Ciencias francesa.

Desde hace cincuenta años ha habido una investigación constante en relación con el sílice orgánico, y parte de esta investigación ha planteado preguntas entorno a su aplicación terapéutica. En sus primeros trabajos como geólogo, Le Ribault no prestaba atención a la investigación sobre el sílice en relación con la salud. Pero, a principios de los ochenta, mientras estudiaba los depósitos de sílice orgánico que había encontrado, sumergió sus manos en una solución de este sílice, y a raíz de ello su psoriasis se curó. A partir de entonces, el trabajo de Le Ribault se centró en las propiedades terapéuticas del sílice.

De nutriente contaminante a esencial.

El sílice es un elemento esencial de la materia viva. Se encuentra en el tejido corporal, el timo, el revestimiento vascular, las glándulas adrenales, el hígado, el bazo, el páncreas y, en una cantidad considerable, en el cabello. Con la edad, el cuerpo pierde su reserva de sílice orgánico y no es capaz de reemplazarlo con los sílices minerales que encuentra en el exterior.

Al principio se creía que el sílice era, en el peor de los casos, un contaminante medioambiental del cuerpo humano y, en el mejor de los casos, un elemento que pasaba por el cuerpo y se excretaba. Estas ideas se basaban casi por completo en las observaciones hechas sobre el sílice mineral, el cual, en forma de polvo o partículas, era responsable de una serie de enfermedades graves tales como la silicosis.

El sílice en su forma mineral se había utilizado en terapéutica; no obstante, su absorción por parte del cuerpo humano era ineficaz. En la tradición se había ganado un lugar en el panteón de los remedios herbarios; está presente en la cola de caballo y en algunos vegetales.

El trabajo que se ha venido realizando sobre el sílice orgánico y el mineral absorbible desde los años treinta ha demostrado de forma irrefutable que el sílice orgánico se puede calificar de nutriente fundamental tanto para los humanos como para los animales3. Es indispensable para la temprana calcificación de los huesos y las conchas de los animales. Se ha descubierto que su deficiencia produce alteraciones y deformaciones en el crecimiento óseo. También se ha observado que el sílice participa en la formación de las células que construyen las paredes de los vasos sanguíneos. Quizás el descubrimiento más importante que se ha hecho con respecto al sílice es que afecta y forma una gran parte del tejido conjuntivo y el cartílago, que juegan un papel importante en las articulaciones y las enfermedades que les afectan.

En estudios llevados a cabo en los años setenta se encontró que el suplemento con sílice promovía el crecimiento de los huesos y los cartílagos. En los noventa, se advirtió que el tratamiento con silicio podía estimular la formación ósea.

En años recientes, algunas compañías farmacéuticas han utilizado formulaciones a base de sílice en vendajes para quemaduras y heridas porque se ha reconocido que ayuda a estabilizar las quemaduras y a curar las heridas más rápidamente4,5.

Un hombre en la Luna.

En 1982, Le Ribault comenzó a trabajar con el profesor Norbert Duffaut, químico e ingeniero investigador del CNRS (Centro Nacional de Investigación del Estado francés) de la Universidad de Burdeos. En 1957 Duffaut sintetizó una molécula de silicio orgánico capaz de ser absorbido por el cuerpo humano.

Al contrario que Le Ribault, Duffaut había estado perfeccionando el sílice orgánico como agente terapéutico. Cuando Le Ribault conoció a Duffaut, éste había estado tratando a gente durante años y era muy conocido en el suroeste del Estado francés, e incluso en París. Duffaut había creado el NDR (Remedio de Norbert Duffaut) y había llegado a fabricar muchos litros de este preparado para miles y miles de pacientes.

Al igual que Le Ribault, Duffaut hacía poco caso de los informes académicos sobre el sílice orgánico, convencido de que él estaba por delante de ellos en ese campo. Bien por evitar las agencias reguladoras o simplemente por pura terquedad, Duffaut tampoco quería guardar ningún registro de sus operaciones. «Se negaba en redondo a guardar documentos relacionados con nada de lo que hacía», afirma Le Ribault. Solía decir: «Nosotros tenemos razón, al final ganaremos».

En 1958, Duffaut había empezado a tener éxito en su trabajo clínico con el doctor Jacques Janet, gastroenterólogo. Él también había empezado a tratar a pacientes de artritis con mucho éxito. Duffaut, no obstante, tenía el convencimiento de que el trabajo sobre la circulación sanguínea y ciardiovascular constituía el objetivo más importante en relación con el sílice orgánico. En los años sesenta, Duffaut trabajó con el doctor Rager, cirujano cardiovascular, que utilizaba el sílice orgánico en las recuperaciones posoperatorias.

En 1967, la Academia de Medicina francesa concedió a Rager el premio J. Levy Bricker por su trabajo sobre la aplicación del sílice orgánico en el tratamiento de humanos. El trabajo de Rager también determinó que el sílice orgánico ayudaba a los pacientes de cáncer a tolerar la quimioterapia.

Le Ribault y Duffaut tenían en común algo más que su pasión por el sílice. Duffaut, a los sesenta años, era considerado por muchos un hombre tremendamente difícil. Le Ribault, con tristeza pero con su humor habitual, dice de Duffaut: «¡Era menos diplomático que yo! ¡Mucho menos diplomático que yo! ¿Se lo imagina? Era una persona imposible. Opinaba que el sistema lo forman individuos estúpidos. Por supuesto tenía razón, pero muchas veces se lo decía a ellos. Era un excéntrico, un verdadero individualista. Creo que yo era la única persona capaz de trabajar con él».

Al igual que Le Ribault, Duffaut echaba mano del humor para escudarse de los conflictos más graves. «Duffaut era un hombre muy, muy inteligente, realmente un genio, un químico de altura que siempre estaba cantando y bromeando y sonriendo, durante todo el día ¡Todos los días!». Le Ribault recuerda con cariño aquel hombre soltero, totalmente inmerso en su trabajo científico, desconectado de las relaciones rutinarias de la vida diario hasta tal punto, bromea Le Ribault, que estaba «en la Luna» la mayor parte del tiempo.

Cuando Le Ribault conoció a Duffaut, había estado probando su molécula de sílice orgánico sintética en terapéutica durante quince años y en muchas ocasiones había ofrecido su invento desinteresadamente al Estado francés y a sus centros de investigación médica. Todas sus propuestas tuvieron por respuesta un total y, aparentemente, deliberado silencio.

En 1985, Duffaut y Le Ribault obtuvieron una patente internacional para proteger el uso terapéutico del sílice orgánico. Y en 1987, al igual que otros muchos científicos independientes de las compañías farmacéuticas que se interesan por el público, presentaron peticiones al Ministro de Investigación francés, pidiéndole que considerase la inclusión de su descubrimiento en los ensayos de los casos de enfermedades relacionadas con el SIDA. Estaban tan resueltos a forzar al gobierno a que reconociese las propiedades curativas del sílice que presentaron ante notario su solicitud, y las pruebas que la respaldaban, al ministro. Duffaut y Le Ribault no obtuvieron respuesta.

En noviembre de 1993, Duffaut fue encontrado muerto en su cama por sus vecinos, que habían observado que ese día no había salido de su casa. A pesar de que Duffaut tenía setenta y pocos años y había muerto en la cama, se le realizó una autopsia y se encontró cianuro potásico dentro de su cuerpo. Aunque no se encontró ninguna carta y a pesar de que hubo testigos que habían visto a Duffaut de buen ánimo la noche anterior, la policía decidió que se había suicidado. En un primer momento, Le Ribault aceptó el suicidio de su colega, pero después comenzó a tener dudas. Su principal duda era que Duffaut, un químico de alto nivel profesional, hubiera escogido cianuro de potasio para matarse sabiendo que le provocaría una muerte terriblemente dolorosa. Lo que Duffaut escribió antes de su muerte mostraba un abatimiento provocado sin lugar a dudas por la decepción y la fustración continuas. Entre sus últimas notas se puede leer: «Las autoridades han condenado mi descubrimiento sin contemplaciones, sin ni siquiera haberlo analizado».

La práctica hace la perfección.

A medida que su trabajo con Duffaut progresaba, Loïc Le Ribault encontraba que, a su parecer, cada vez había menos consideración sobre las aplicaciones terapéuticas del sílice orgánico por parte de los académicos. A lo largo de los años ochenta y principios de los noventa, Le Ribault estaba inmerso en el intento de conseguir que el sílice orgánico que Duffaut había estado utilizando en las compresas pudiese beberse. «Una de las cosas más difíciles fue conseguir que el G5 fuese bebible. La solución que habíamos creado era ligeramente tóxica, buena para uso tópico pero no para ser bebida. Quizás no era más tóxica que el vino tinto, pero es que quería que no fuese nada tóxica».

Cuando Le Ribault descubrió por primera vez el efecto del sílice orgánico en su psoriasis, era escéptico en cuanto a las cualidades terapéuticas a largo plazo de sus descubrimientos. Sin embargo, tras dos o tres años de trabajo con varios médicos que administraron el invento a sus pacientes y tras los años de trabajo con Duffaut, decidió que estaba en posición de enviar su dossier al Ministerio de Salud y pedirles que realizasen ensayos a partir de soluciones gratuitas, que él suministraría. No recibió ninguna respuesta a sus muchas comunicaciones.

El tratamiento privado de los pacientes no encajaba con las ideas que Le Ribault y Duffaut tenían sobre el cuidado sanitario; ambos querían que el gobierno francés acogiese la idea del sílice orgánico. A mitad de los años noventa, entre los dos, Le Ribault y Duffaut habían tratado a más de diez mil personas, primero con cataplasmas de sílice orgánico y después con una solución tónica bebible. Determinado a que sus descubrimientos tuviesen trascendencia pública, Le Ribault concertó citas personales en Norteamérica con los presidentes de los principales laboratorios farmacéuticos; visitó a ejecutivos en Canadá y viajó a lo largo y ancho del Estado francés. Todas las personas con las que se encontró se mostraron interesadas y la mayoría le aseguraron que se pondrían en contacto con él al cabo de unas semanas. «Llevo esperando quince años a que me respondan», dice ahora Le Ribault. Un ejecutivo de una compañía farmacéutica le ofreció 250 millones de pesetas por enterrar su descubrimiento.

Regulando las moléculas.

A finales de 1994, Le Ribault, que por entonces trabajaba en solitario con la molécula de sílice orgánico suspendida en agua (a la que llamó G5), aumentó la producción y la distribución para la gente con problemas de salud. El argumento de Le Ribault era que, al ser una sustancia natural y no tóxica, el G5 no necesitaba licencia; lo veía como un tónico o suplemento dietético.

El tema de quién paga para probar un producto médico nuevo que ha sido creado a espaldas de las compañías farmacéuticas se ha convertido en un serio problema en países de América y Europa. En los márgenes de diversos tipos de tratamientos médicos se libra una lucha constante. El comercio y la práctica de tratamientos no farmacéuticos son constantemente atacados por las grandes compañías. Los agresores más habituales en esta guerra de agotamiento son las compañías farmacéuticas. Con aliados íntimos en las agencias reguladoras, los departamentos de investigación universitarios, los trusts hospitalarios y los medios de comunicación, su estrategia de desgaste reduce poco a poco el número de plantas legalmente disponibles y persigue tenzamente restringir la disponibilidad de los suplementos alimentarios y vitamínicos.

Las compañías farmacéuticas altamente capitalizadas pueden permitirse el competir entre ellas gastando millones de pesetas en ensayos y casi otro tanto en la preparación de informes preliminares para poder presentar sus casos a las agencias reguladoras. Una vez que han obtenido las licencias, las estrategias de marketing agresivas, la protección legal y algunas veces los «trucos sucios» aseguran el ascendiente sobre la competencia.

Los herboristas, los homeópatas, los especialistas en dietética o los productores y terapeutas que trabajan con tratamientos no farmacéuticos, son incapaces de conseguir el dinero suficiente o de contratar a laboratorios que apoyen sus productos para poder llevar a cabo sus ensayos. Se ven forzados a comercializar y aplicar sus tratamientos con una mano atada a la espalda, sin poder hacer publicidad de ninguno de los efectos beneficiosos que sus terapias puedan tener sobre la salud.

Food and Drug Administration.De entre esta gente innovadora, sólo unos pocos tienen la fortuna de conseguir concesiones discrecionales de la FDA (Administración de Alimentos y Fármacos) en los EE.UU., o de la Medicine Controls Agency (Agencia de Control de las Medicinas) y del MAFF (Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación) en Gran Bretaña. que les eximen de la obligación de obtener licencias para sus terapias naturales6. La carrera de estos tratamientos singulares es irregular y fortuita, y probablemente depende de si existe o no competencia de productos farmacéuticos.

La censura competitiva, financiera y profesional que las multinacionales y los médicos ejercen sobre las nuevas terapias naturales, en este extremo más bajo del mercado de la salud, inevitablemente ha provocado la proliferación de negocios «ilegales» y ha convertido a algunos médicos, científicos y terapeutas en criminales. Pero, quizás lo más importante y estrambótico es que esa legislación que protege a los productos farmacéuticos ha convertido en criminales a muchos pacientes. Al privar a los pacientes de la libertad para elegir los tratamientos que prefieren, la ley y las agencias reguladoras han obligado a muchos pacientes a vivir en una especie de cultura «underground» de la salud.

Fue en medio de este clima de protección y legislación en favor de las compañías farmacéuticas y de política confusa cuando Le Ribault, cansado de la invisibilidad de las autoridades e indignado por la extraña muerte de su colega, lanzó en 1994 el G5. Su determinación de enfrentarse a las grandes compañías y a las agencias reguladoras haría que su vida se desmoronase a su alrededor.

Poco después de que Le Ribault comenzase a distribuir G5 en junio de 1995, Jean-Michel Graille, un periodista del Sud-Ouest Dimanche, le abordó y le pidió permiso para escribir sobre su descubrimiento. Diez años antes, Graille había escrito un libro titulado «Dossier Priore; une nouvelle affaire Pasteur?»7. Tras obtener la aprobación de su editor, Graille se pegó a Le Ribault y durante cuatro meses observó su trabajo como científico, innovador y ahora empresario. Tras cierto escepticismo inicial, Graille se convenció por completo de los efectos terapéuticos del tratamiento de Le Ribault. En octubre de 1995, Sud-Ouest Dimanche publicó en cinco páginas de su revista un relato minucioso del trabajo de Le Ribault y de la ocultación de sus descubrimientos.

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